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De Portbou a Sant Feliu de Guíxols: cada pueblo con su propio carácter.
Baix Empordà
Begur está un poco tierra adentro, y ese detalle explica casi todo. No es un pueblo construido junto al agua, sino sobre una colina desde la que se domina el Mediterráneo: mientras otros pueblos de la Costa Brava nacieron alrededor de un puerto, Begur lo hizo alrededor de un castillo, y las calas llegaron después. Por eso aquí nadie pregunta cuál es la playa del pueblo, sino a cuál se baja hoy: Sa Tuna, Sa Riera, Aiguablava, Platja Fonda, Fornells, Aiguafreda o Illa Roja forman un rosario de pequeñas bahías unidas por el Camí de Ronda, cada una con su propio carácter. Y detrás de todas ellas queda un casco histórico de casas indianas, plazas tranquilas y calles empedradas que recuerdan que, antes de convertirse en uno de los destinos más deseados de la Costa Brava, Begur fue un pueblo que miraba más hacia Cuba que hacia Barcelona.
Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.
Calella de Palafrugell es probablemente la imagen más reconocible de la Costa Brava. Las casas blancas, les Voltes de Port Bo, las barcas varadas sobre la arena y el Mediterráneo formando parte de la vida del pueblo aparecen en miles de fotografías cada verano. Y, sin embargo, esa postal solo cuenta una parte de la historia: la verdadera Calella aparece cuando uno se aleja unos metros del paseo principal, recorre el Camí de Ronda sin prisa o vuelve al caer la tarde, cuando las terrazas empiezan a vaciarse y el pueblo recupera el ritmo tranquilo que siempre tuvo. Porque antes de convertirse en uno de los grandes iconos del Mediterráneo, Calella fue —y sigue siendo— un pueblo de pescadores.
Empuriabrava no se parece a ningún otro lugar de la Costa Brava, y tampoco intenta hacerlo. Mientras el resto de pueblos crecieron poco a poco alrededor de un puerto pesquero, aquí todo empezó sobre un plano: a finales de los años sesenta se transformaron las antiguas marismas de la desembocadura del Muga en una ciudad construida alrededor del agua, con más de 24 kilómetros de canales navegables, miles de amarres privados y la marina residencial más grande de Europa. Podría parecer un lugar artificial, pero basta pasar un día aquí para entender su encanto: donde otros aparcan el coche, aquí amarran el barco. Mientras una parte del pueblo vive mirando los canales, a pocos metros empiezan els Aiguamolls de l'Empordà, un paisaje de humedales donde vuelan flamencos, garzas y cigüeñas. Pocas veces la ingeniería y la naturaleza conviven de una manera tan inesperada.
Llafranc nunca ha necesitado llamar la atención. No tiene las Voltes de Calella, ni las casas indianas de Begur, ni las murallas de Tossa, y sin embargo hay algo que hace que quien viene una vez acabe volviendo durante años. Quizá sea su bahía perfectamente resguardada, el pequeño puerto deportivo, el paseo junto al mar o la forma en que el pueblo ha sabido crecer sin perder la elegancia. Aquí la Costa Brava cambia de ritmo: se desayuna mirando las barcas, se sube caminando hasta el faro, se baja a una cala escondida y el resto del día sucede sin demasiados planes. Llafranc no es un pueblo para correr de un sitio a otro. Es uno de esos lugares donde el mayor lujo consiste en quedarse un rato más.
Hay pueblos que viven frente al mar. Palamós sigue viviendo del mar. Mientras gran parte de la Costa Brava transformó sus puertos en marinas deportivas, aquí cada tarde las barcas regresan cargadas de pescado, la lonja se pone en marcha y los restaurantes esperan la captura del día: el puerto continúa marcando el ritmo del pueblo igual que lo ha hecho durante siglos. Pero basta caminar unos minutos hacia el norte para encontrar otra Costa Brava, donde el paisaje cambia de golpe: aparecen las casetas de pescadores de Cala S'Alguer, la playa virgen de Castell, pinares que llegan hasta el agua y un litoral que ha conseguido mantenerse al margen de la urbanización. Palamós reúne dos caras que pocas veces conviven en un mismo lugar: la autenticidad de un puerto pesquero en activo y algunas de las calas mejor conservadas del Mediterráneo.
Hay pueblos que se construyeron para ser vistos y pueblos que se construyeron para ver. Pals es de los segundos. Se levantó en lo alto de una colina, de espaldas a nada y de cara a todo: la llanura de arroz, el mar allá al fondo, las islas Medes flotando en la línea del horizonte. Desde su torre se vigilaba la costa entera. Hoy no se vigila nada, pero la costumbre de mirar se ha quedado en la piedra, y quien sube hasta arriba acaba haciendo lo mismo que hacían los centinelas: quedarse quieto, mirar lejos, no tener prisa.
Hay lugares hechos de tiempo y lugares hechos de piedra. Peratallada es las dos cosas a la vez, porque aquí la piedra es el tiempo: se lee en ella el foso excavado a mano en la roca, las murallas que no han cambiado en ochocientos años, los arcos gastados por manos que ya no están. El nombre lo dice todo antes de entrar. Pedra tallada, piedra cortada. Un pueblo que se llama por lo que es, y que es exactamente lo que su nombre promete.
Platja d’Aro es la cara práctica de esta costa: la playa más larga y más fácil, las calles comerciales más animadas, la oferta más amplia para ir con niños. Forma parte del municipio de Castell-Platja d’Aro, junto con S’Agaró y el propio Castell d’Aro, y esa unión resume bien el lugar: un frente de playa moderno y una vida de pueblo que, tierra adentro, todavía huele a piedra medieval. No es el rincón más silencioso de la Costa Brava, pero tiene los suyos —una serie de calas hacia el sur que se van haciendo más pequeñas y más secretas cuanto más se camina.
Hay pueblos que se visitan por sus playas. Portbou se recuerda por lo que representa: es el último pueblo de Cataluña antes de Francia, un lugar donde los Pirineos caen directamente sobre el Mediterráneo y donde la historia ha dejado una huella tan profunda como el paisaje. Durante más de un siglo fue una de las grandes puertas ferroviarias entre España y Europa; por aquí pasaron mercancías, viajeros, exiliados y refugiados, también Walter Benjamin, que encontró en Portbou el final de su huida del nazismo. Hoy, lejos del bullicio de otras localidades de la Costa Brava, Portbou conserva un carácter tranquilo y melancólico, donde el mar, la montaña y la frontera conviven en apenas unos metros.
S’Agaró no es un pueblo de pescadores que creció con el tiempo, como casi todos sus vecinos de la costa. Es un lugar que alguien dibujó entero: en 1916, el industrial Josep Ensesa encargó al arquitecto noucentista Rafael Masó un pueblo-jardín sobre el acantilado, con villas de líneas mediterráneas, jardines cuidados hasta el último seto y un camino de ronda pensado como paseo, no como necesidad. Un siglo después sigue siendo eso: el tramo de costa más ordenado y más fotografiado del Baix Empordà, y el único donde el paisaje entero responde a una sola idea.
Sant Antoni de Calonge es, en realidad, media historia: el municipio se llama Calonge i Sant Antoni, y son dos lugares con carácter propio a solo cuatro kilómetros de distancia. Sant Antoni es la fachada marítima, paseo y playa; Calonge, tierra adentro, guarda el castillo y el casco medieval que le dan al conjunto la otra mitad de su identidad. Quien se queda solo en la arena se pierde media historia del pueblo.
Sant Feliu de Guíxols fue, durante siglos, la puerta de la comarca: el puerto por el que entraba y salía todo, coronado por un monasterio benedictino que llevaba ya cien años en pie cuando empezó el milenio pasado. Ese pasado no se ha ido a ningún sitio —sigue en los arcos de herradura de la Porta Ferrada, en las cúpulas de azulejo del passeig, en el nombre mismo del festival de música que cada verano llena la plaza del monasterio—, pero Sant Feliu no vive del recuerdo. Es una ciudad de verdad, con mercado y vecinos todo el año, que además tiene la suerte de que el camí de ronda más celebrado de la Costa Brava empiece, literalmente, en su playa.
Tamariu lleva el nombre del tamariu, el tamarisco que crecía en esta cala mucho antes de que existiera el pueblo. Hoy sigue siendo el más pequeño y tranquilo de los tres núcleos costeros de Palafrugell —[Calella](/pueblos/calella-de-palafrugell), [Llafranc](/pueblos/llafranc) y Tamariu—, y precisamente ahí reside su encanto. Aquí no hay un gran paseo marítimo ni un puerto lleno de embarcaciones: las casas llegan hasta la arena, las barcas descansan sobre la playa y el mar forma parte de la vida cotidiana. La playa no es un lugar al que se va: es el salón del pueblo. Aunque en verano se llena de vida, Tamariu conserva algo que escasea en la Costa Brava: silencio. Basta caminar unos minutos por el Camí de Ronda para que desaparezcan las terrazas y solo queden acantilados, pinares y algunas de las aguas más transparentes del Mediterráneo.
La Selva
Tossa de Mar es el único pueblo de toda la costa catalana que conserva intacto su recinto amurallado medieval. De día parece un monumento: calles empedradas, cámaras de fotos y visitantes recorriendo las torres. Pero basta esperar a que caiga la tarde para descubrir su verdadera personalidad: cuando se marchan los excursionistas, la Vila Vella recupera el silencio, las murallas vuelven a ser piedra, las gaviotas sustituyen al ruido y el Mediterráneo cambia de color bajo el castillo. Es entonces cuando se entiende por qué Marc Chagall la llamó su «paraíso azul». Pero Tossa es mucho más que sus murallas: detrás del icono turístico sobreviven un antiguo barrio de pescadores, calas escondidas, piscinas naturales entre las rocas y una tradición marinera que todavía se sirve en sus mesas.