PuraCostaBrava

Pueblos

Los pueblos de la Costa Brava

De Portbou a Sant Feliu de Guíxols: cada pueblo con su propio carácter.

El paseo marítimo de Cadaqués junto al agua, con las casas blancas y los tejados de teja del casco antiguo y la costa del Cap de Creus al fondo

Alt Empordà

Cadaqués

Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

Canales navegables de Empuriabrava, Costa Brava

Alt Empordà

Empuriabrava

Empuriabrava no se parece a ningún otro lugar de la Costa Brava, y tampoco intenta hacerlo. Mientras el resto de pueblos crecieron poco a poco alrededor de un puerto pesquero, aquí todo empezó sobre un plano: a finales de los años sesenta se transformaron las antiguas marismas de la desembocadura del Muga en una ciudad construida alrededor del agua, con más de 24 kilómetros de canales navegables, miles de amarres privados y la marina residencial más grande de Europa. Podría parecer un lugar artificial, pero basta pasar un día aquí para entender su encanto: donde otros aparcan el coche, aquí amarran el barco. Mientras una parte del pueblo vive mirando los canales, a pocos metros empiezan els Aiguamolls de l'Empordà, un paisaje de humedales donde vuelan flamencos, garzas y cigüeñas. Pocas veces la ingeniería y la naturaleza conviven de una manera tan inesperada.

Las casetas blancas de pescadores de Cala S'Alguer, en Palamós, sobre la roca frente a una cala recogida al atardecer

Baix Empordà

Palamós

Hay pueblos que viven frente al mar. Palamós sigue viviendo del mar. Mientras gran parte de la Costa Brava transformó sus puertos en marinas deportivas, aquí cada tarde las barcas regresan cargadas de pescado, la lonja se pone en marcha y los restaurantes esperan la captura del día: el puerto continúa marcando el ritmo del pueblo igual que lo ha hecho durante siglos. Pero basta caminar unos minutos hacia el norte para encontrar otra Costa Brava, donde el paisaje cambia de golpe: aparecen las casetas de pescadores de Cala S'Alguer, la playa virgen de Castell, pinares que llegan hasta el agua y un litoral que ha conseguido mantenerse al margen de la urbanización. Palamós reúne dos caras que pocas veces conviven en un mismo lugar: la autenticidad de un puerto pesquero en activo y algunas de las calas mejor conservadas del Mediterráneo.

Tamariu visto desde el camí de ronda, la playa y el pueblo enmarcados por un pino

Baix Empordà

Tamariu

Tamariu lleva el nombre del tamariu, el tamarisco que crecía en esta cala mucho antes de que existiera el pueblo. Hoy sigue siendo el más pequeño y tranquilo de los tres núcleos costeros de Palafrugell —[Calella](/pueblos/calella-de-palafrugell), [Llafranc](/pueblos/llafranc) y Tamariu—, y precisamente ahí reside su encanto. Aquí no hay un gran paseo marítimo ni un puerto lleno de embarcaciones: las casas llegan hasta la arena, las barcas descansan sobre la playa y el mar forma parte de la vida cotidiana. La playa no es un lugar al que se va: es el salón del pueblo. Aunque en verano se llena de vida, Tamariu conserva algo que escasea en la Costa Brava: silencio. Basta caminar unos minutos por el Camí de Ronda para que desaparezcan las terrazas y solo queden acantilados, pinares y algunas de las aguas más transparentes del Mediterráneo.

Bahía de Tossa de Mar con barcas fondeadas, vista desde un portal de piedra de la Vila Vella

La Selva

Tossa de Mar

Tossa de Mar es el único pueblo de toda la costa catalana que conserva intacto su recinto amurallado medieval. De día parece un monumento: calles empedradas, cámaras de fotos y visitantes recorriendo las torres. Pero basta esperar a que caiga la tarde para descubrir su verdadera personalidad: cuando se marchan los excursionistas, la Vila Vella recupera el silencio, las murallas vuelven a ser piedra, las gaviotas sustituyen al ruido y el Mediterráneo cambia de color bajo el castillo. Es entonces cuando se entiende por qué Marc Chagall la llamó su «paraíso azul». Pero Tossa es mucho más que sus murallas: detrás del icono turístico sobreviven un antiguo barrio de pescadores, calas escondidas, piscinas naturales entre las rocas y una tradición marinera que todavía se sirve en sus mesas.