Hay lugares hechos de tiempo y lugares hechos de piedra. Peratallada es las dos cosas a la vez, porque aquí la piedra es el tiempo: se lee en ella el foso excavado a mano en la roca, las murallas que no han cambiado en ochocientos años, los arcos gastados por manos que ya no están. El nombre lo dice todo antes de entrar. Pedra tallada, piedra cortada. Un pueblo que se llama por lo que es, y que es exactamente lo que su nombre promete.
Pedra tallada: un nombre que es una descripción
Peratallada significa, en catalán, piedra tallada, y el nombre no es un adorno: es una crónica. El topónimo Petra Tallada está documentado desde el siglo X, y viene del foso que rodea el pueblo, excavado directamente en la roca arenisca sobre la que se asienta. De esa misma roca cortada salió después la piedra de las casas. El sitio se construyó, literalmente, sacándose de sí mismo.
Ese foso es lo que hace único a Peratallada. Es de los poquísimos lugares de la comarca cuya estructura defensiva —murallas, foso y torres— sigue prácticamente intacta desde la Edad Media, no reconstruida sino conservada. Se entra por lo que fue un paso vigilado y de golpe se está dentro de otro siglo, sin coches, sin ruido, con el suelo de piedra y las paredes de piedra y la luz cayendo entre las dos. No hay que buscar nada. Solo caminar despacio y dejar que el pueblo haga el resto.

El castillo y la plaça de les Voltes
El corazón de Peratallada es su castillo, uno de los más antiguos de Cataluña: la torre del homenaje, el palacio y las murallas están datados entre los siglos XI y XIV, y forman un conjunto feudal que se ha quedado quieto en el tiempo. Alrededor se enreda un laberinto de callejones estrechos donde es fácil, y recomendable, perderse.
El centro de la vida es la plaça de les Voltes, la plaza de los arcos: soportales de piedra medieval bajo los que hoy hay terrazas, y desde la que arranca el carrer Major, la calle más hermosa del pueblo, con sus tiendas de artesanía y sus rincones. Es pequeño todo, y esa es la gracia. Peratallada no se ve: se recorre. Y se recorre dos veces, porque a la segunda vuelta se ven las cosas que a la primera, embobado, te perdiste.

Sant Esteve y el silencio de dentro
Fuera de las murallas, a un paso, está la iglesia de Sant Esteve, románica y gótica, con su cementerio y su calma aparte del bullicio de las terrazas. Vale la salida: desde ahí se ve el pueblo entero como lo que es, una piedra sobre la llanura, y se entiende la escala de todo.
Peratallada es de los pocos pueblos donde el tópico se cumple: se detiene el tiempo. En parte porque no entran coches, en parte porque la piedra no deja pasar las prisas. Ven entre semana, o a primera hora, o al final de la tarde, cuando los autobuses ya se han ido y el pueblo se queda de quien se queda. Entonces es cuando pasa lo que tiene que pasar, que es nada. Solo la piedra, la luz y tú.

El triángulo medieval del Empordà
Peratallada pertenece al municipio de Forallac, formado en 1977 al unir tres núcleos —el propio Peratallada, Vulpellac y Fonteta—, y forma parte de un racimo de pueblos medievales del interior del Baix Empordà que son, juntos, uno de los tesoros más discretos de la Costa Brava.
A pocos minutos quedan Pals, sobre su colina de arroz; Ullastret, con el poblado íbero mejor conservado de Cataluña; Palau-sator y Sant Julià de Boada, casi secretos. Se encadenan en un día de coche corto, parando a comer en el que pille y a beber en la primera terraza con sombra. Es la Costa Brava de tierra adentro: sin mar a la vista, pero con toda la luz del Empordà y ni una gota de la prisa de la orilla.




