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El paseo marítimo de Cadaqués junto al agua, con las casas blancas y los tejados de teja del casco antiguo y la costa del Cap de Creus al fondo

Alt Empordà

Cadaqués

Foto: joaquinaranoa / Pixabay

Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

El pueblo blanco y la iglesia de Santa Maria

Todo el casco antiguo asciende hacia la iglesia de Santa Maria. Lo mejor es olvidarse del plano y subir sin rumbo por callejuelas estrechas donde todavía sobreviven talleres, galerías y casas de pescadores prácticamente intactas. Arriba espera una de las grandes sorpresas de Cadaqués: tras una fachada austera aparece un impresionante retablo barroco dorado de Pau Costa, uno de los más espectaculares de Cataluña.

Después basta con volver a bajar hacia el puerto. Las barcas siguen descansando sobre los cantos rodados como hace generaciones y el paseo mantiene un ritmo que desaparece en cuanto se marchan los excursionistas. Si puedes elegir, ven antes de las nueve de la mañana o después de las siete de la tarde: es cuando el pueblo vuelve a pertenecer a quienes viven aquí.

Un rincón encalado de Cadaqués a última hora, con una farola de forja, contraventanas azules y la luz cálida sobre la pared
Casas blancas y esa luz que no se describe, se aguanta.

Dalí, Port Lligat y el pueblo de los artistas

A apenas quince minutos andando aparece Port Lligat, la pequeña bahía donde Salvador Dalí levantó durante cuarenta años una casa imposible a partir de antiguas barracas de pescadores. Hoy es una de las visitas imprescindibles de la Costa Brava, pero conviene reservar con bastante antelación porque las entradas son limitadas.

Dalí convirtió Cadaqués en un icono, aunque nunca estuvo solo. Federico García Lorca pasó aquí algunos de sus veranos más felices; Marcel Duchamp jugaba al ajedrez en la plaza del pueblo; Man Ray, Richard Hamilton o Paul Éluard también encontraron en este rincón un lugar donde trabajar lejos del ruido.

Todavía hoy esa herencia artística sigue viva. Más allá de la conocida Galeria Cadaqués merece la pena entrar en los pequeños talleres del casco antiguo: muchos artistas trabajan con la puerta abierta y es fácil terminar conversando con ellos unos minutos.

Cap de Creus, donde termina la tierra

Más allá de Port Lligat empieza otro paisaje completamente distinto. El Cap de Creus es el punto más oriental de la península ibérica y uno de los lugares más salvajes del Mediterráneo. La tramuntana lleva miles de años modelando la roca hasta convertirla en un catálogo de formas imposibles que inspiraron muchos de los cuadros de Dalí.

Todo el mundo llega al faro, pero pocos continúan explorando. Uno de los lugares más especiales es el Pla de Tudela, un paisaje de roca desnuda que parece casi lunar y donde el viento ha esculpido figuras que recuerdan animales, rostros o gigantes. Caminar por aquí ayuda a entender mejor la imaginación de Dalí que muchas salas de museo.

Si buscas un momento especial, llega temprano. El amanecer en el Cap de Creus sigue siendo uno de los grandes espectáculos de la Costa Brava.

El paisaje de roca esculpida del Cap de Creus cayendo al mar azul, con la sierra al fondo
El Cap de Creus, donde los Pirineos entran en el Mediterráneo.

Calas de piedra y pequeños secretos

Cadaqués nunca ha sido un pueblo de playas cómodas. Aquí casi todo es roca, cantos rodados y agua transparente.

Port Lligat invita más a contemplar que a bañarse. Sa Conca es una de las mejores opciones cerca del casco antiguo y S'Alqueria suele llenarse pronto por su fácil acceso. Más lejos aparecen Cala Bona y Jóncols, ya dentro del parque natural, donde el paisaje vuelve a sentirse completamente salvaje.

Los vecinos, sin embargo, suelen recomendar otro rincón menos conocido: Es Caials. Son pequeñas plataformas de roca donde el agua permanece cristalina incluso cuando sopla la tramuntana y donde rara vez encontrarás el ambiente de las calas más famosas.

Otro pequeño secreto consiste en sentarse al final del espigón cuando cae la noche. Las terrazas empiezan a vaciarse, las luces del pueblo se reflejan sobre el agua y Cadaqués recupera esa calma que tantas veces buscaron aquí escritores y pintores.

Una cala recogida cerca de Cadaqués con barcas fondeadas y pinos, y el pueblo blanco al fondo bajo un cielo cubierto
Una cala tranquila a las afueras del pueblo.

El cuaderno de Cadaqués

Dónde vamos nosotros

Cadaqués se disfruta mejor con pocas paradas y mucho tiempo entre una y otra. Esta es nuestra lista corta.

Posiciones aproximadas · Cadaqués · Cartografía © colaboradores de OpenStreetMap, teselas de OpenFreeMap

Toca un punto o un sitio de la lista para acercarte

Para comer

  • La cocina creada por los antiguos chefs de elBulli sigue siendo una de las grandes mesas del Empordà. Platos pensados para compartir, mucha técnica y un precioso patio interior donde siempre apetece alargar la sobremesa.

  • El gran clásico del pueblo. Pescado fresco, vinos elaborados por la propia familia y una cocina que nunca intenta disfrazar el producto. Si solo pudiéramos recomendar un restaurante en Cadaqués, probablemente sería este.

  • Pequeño, tranquilo y bastante más local que las terrazas del paseo marítimo. Buena selección de vinos naturales, platos sencillos y esa sensación de haber descubierto un sitio que todavía pertenece al pueblo.

  • Una propuesta contemporánea, elegante y sin excesos. Ideal para una cena pausada cuando el casco antiguo empieza a quedarse en silencio.

  • Taberna marinera para la brasa: fuego, producto y poco más. El contrapunto a las mesas de pescado más clásicas.

Para beber

  • Aquí jugaban al ajedrez Dalí y Marcel Duchamp. Hoy sigue siendo el mejor lugar para pedir un vermut, sentarse en la plaza y dejar que Cadaqués pase delante de uno.

  • Bodega con viñedos que miran al mar; una copa de vino que sabe a piedra caliente. Su enoteca en el pueblo, junto a la platja des Poal, es la manera fácil de probarlo.

Calas y baño

  • Nuestra favorita cerca del centro. Piedra, agua transparente y bastante más tranquila que Port Lligat.

  • El rincón que muchos vecinos recomiendan cuando sopla la tramuntana. Plataformas de roca, muy poca gente y algunos de los mejores baños del pueblo.

  • Hay que recorrer una pista para llegar, pero la recompensa es una cala que conserva el lado más salvaje del Cap de Creus.

Qué hacer

  • Más que una casa, una ventana a la imaginación del artista, en Port Lligat. Reserva siempre con antelación.

  • El rincón del Cap de Creus que casi nunca aparece en las guías. Aquí nació buena parte del universo visual de Dalí.

  • Uno de esos planes que los vecinos suelen guardar para ellos. Desde arriba el Cap de Creus parece una isla perdida entre el Mediterráneo y la tramuntana.

  • La galería histórica del pueblo, memoria del Cadaqués de los artistas, abierta desde 1973. Entra a ver qué cuelga.

  • El punto más oriental de la península. Las rocas que esculpió la tramuntana y copió Dalí. Sube al atardecer.

  • Piérdete por las callejuelas de pizarra hasta lo alto del pueblo: dentro espera el retablo barroco dorado de Pau Costa.

  • Pasear Cadaqués antes de las nueve de la mañana

    Puede parecer un consejo sencillo, pero cambia completamente la experiencia. Es el momento en que el puerto vuelve a pertenecer a los pescadores y el pueblo recupera el silencio que enamoró a tantos artistas.

    Sin punto fijo

Lo práctico

Preguntas frecuentes

¿Cómo se llega a Cadaqués?

Solo existe una carretera, la que cruza el coll de Perafita desde Roses. Son unos treinta kilómetros de curvas, pero precisamente ese aislamiento explica buena parte del carácter del pueblo y de su excelente estado de conservación.

¿Hay que reservar para visitar la Casa de Dalí?

Sí. La Casa-Museu de Port Lligat funciona con grupos reducidos y las entradas suelen agotarse con varios días —o incluso semanas— de antelación durante la temporada alta.

¿Qué no debería perderme además de Dalí?

El Pla de Tudela, el mirador del Pení, las pequeñas galerías del casco antiguo, una copa de vino de Martí Faixó y un paseo por el puerto al amanecer muestran un Cadaqués mucho menos conocido que el de las postales.

¿Tiene Cadaqués playas de arena?

No. La mayoría de calas son de roca o cantos rodados. A cambio ofrecen algunas de las aguas más transparentes de la Costa Brava y un paisaje que sigue conservando un carácter extraordinariamente salvaje.

Otros pueblos para descubrir

Una cala de Begur de agua turquesa, entre acantilados de roca rojiza y pinos, con una barca fondeada

Baix Empordà

Begur

Begur está un poco tierra adentro, y ese detalle explica casi todo. No es un pueblo construido junto al agua, sino sobre una colina desde la que se domina el Mediterráneo: mientras otros pueblos de la Costa Brava nacieron alrededor de un puerto, Begur lo hizo alrededor de un castillo, y las calas llegaron después. Por eso aquí nadie pregunta cuál es la playa del pueblo, sino a cuál se baja hoy: Sa Tuna, Sa Riera, Aiguablava, Platja Fonda, Fornells, Aiguafreda o Illa Roja forman un rosario de pequeñas bahías unidas por el Camí de Ronda, cada una con su propio carácter. Y detrás de todas ellas queda un casco histórico de casas indianas, plazas tranquilas y calles empedradas que recuerdan que, antes de convertirse en uno de los destinos más deseados de la Costa Brava, Begur fue un pueblo que miraba más hacia Cuba que hacia Barcelona.

El pueblo blanco de Calella de Palafrugell y su cala bajo un cielo encapotado al atardecer, con el mar turquesa y las rocas en primer término

Baix Empordà

Calella de Palafrugell

Calella de Palafrugell es probablemente la imagen más reconocible de la Costa Brava. Las casas blancas, les Voltes de Port Bo, las barcas varadas sobre la arena y el Mediterráneo formando parte de la vida del pueblo aparecen en miles de fotografías cada verano. Y, sin embargo, esa postal solo cuenta una parte de la historia: la verdadera Calella aparece cuando uno se aleja unos metros del paseo principal, recorre el Camí de Ronda sin prisa o vuelve al caer la tarde, cuando las terrazas empiezan a vaciarse y el pueblo recupera el ritmo tranquilo que siempre tuvo. Porque antes de convertirse en uno de los grandes iconos del Mediterráneo, Calella fue —y sigue siendo— un pueblo de pescadores.

Canales navegables de Empuriabrava, Costa Brava

Alt Empordà

Empuriabrava

Empuriabrava no se parece a ningún otro lugar de la Costa Brava, y tampoco intenta hacerlo. Mientras el resto de pueblos crecieron poco a poco alrededor de un puerto pesquero, aquí todo empezó sobre un plano: a finales de los años sesenta se transformaron las antiguas marismas de la desembocadura del Muga en una ciudad construida alrededor del agua, con más de 24 kilómetros de canales navegables, miles de amarres privados y la marina residencial más grande de Europa. Podría parecer un lugar artificial, pero basta pasar un día aquí para entender su encanto: donde otros aparcan el coche, aquí amarran el barco. Mientras una parte del pueblo vive mirando los canales, a pocos metros empiezan els Aiguamolls de l'Empordà, un paisaje de humedales donde vuelan flamencos, garzas y cigüeñas. Pocas veces la ingeniería y la naturaleza conviven de una manera tan inesperada.