PuraCostaBrava
Una cala de Begur de agua turquesa, entre acantilados de roca rojiza y pinos, con una barca fondeada

Baix Empordà

Begur

Begur está un poco tierra adentro, y ese detalle explica casi todo. No es un pueblo construido junto al agua, sino sobre una colina desde la que se domina el Mediterráneo: mientras otros pueblos de la Costa Brava nacieron alrededor de un puerto, Begur lo hizo alrededor de un castillo, y las calas llegaron después. Por eso aquí nadie pregunta cuál es la playa del pueblo, sino a cuál se baja hoy: Sa Tuna, Sa Riera, Aiguablava, Platja Fonda, Fornells, Aiguafreda o Illa Roja forman un rosario de pequeñas bahías unidas por el Camí de Ronda, cada una con su propio carácter. Y detrás de todas ellas queda un casco histórico de casas indianas, plazas tranquilas y calles empedradas que recuerdan que, antes de convertirse en uno de los destinos más deseados de la Costa Brava, Begur fue un pueblo que miraba más hacia Cuba que hacia Barcelona.

El pueblo de los indianos

La historia de Begur se entiende mirando sus fachadas. Durante el siglo XIX muchos vecinos emigraron a Cuba buscando fortuna, y algunos regresaron convertidos en comerciantes para levantar mansiones inspiradas en la arquitectura colonial: galerías acristaladas, palmeras, colores pastel y detalles caribeños que contrastan con las antiguas casas de piedra del casco medieval.

Cada primer fin de semana de septiembre, la Fira d'Indians devuelve el pueblo a aquella época con música, habaneras, mercados y actividades que recuerdan el vínculo entre Begur y América.

El castillo y las torres de defensa

Las ruinas del castillo coronan la colina desde hace casi mil años. Hoy apenas quedan algunos muros, pero la subida merece la pena por las vistas: las Medes, el Empordà, buena parte de la Costa Brava y, cuando la tramuntana limpia el horizonte, incluso los Pirineos.

Repartidas por el casco antiguo aparecen también las siete torres de defensa construidas entre los siglos XVI y XVII para proteger el pueblo de los ataques piratas. No son un decorado: forman parte de la historia de un Begur que durante siglos vivió pendiente del horizonte.

Las siete maneras de bajar al mar

Aquí no existe una única playa: cada cala tiene su propia personalidad. Sa Tuna conserva el ambiente de un antiguo barrio de pescadores; las casas blancas llegan prácticamente hasta el agua y, incluso en verano, mantiene un encanto difícil de encontrar en otros lugares. Sa Riera es la más amplia y familiar, donde conviven las antiguas casetas de pescadores con restaurantes y todos los servicios necesarios para pasar el día.

Aiguafreda apenas tiene arena, pero ofrece una tranquilidad que invita más a quedarse leyendo o haciendo esnórquel que a extender una toalla. Fornells y Platja Fonda representan dos caras completamente distintas de la costa: la primera es un pequeño puerto natural de aguas transparentes; la segunda, una playa oscura encajada entre altos acantilados donde todavía es posible encontrar silencio incluso en temporada alta. Después están Illa Roja, probablemente la playa naturista más conocida de la Costa Brava, y Aiguablava, el gran icono de Begur.

La cala de Sa Tuna, en Begur: casas blancas y rosadas de pescador junto al agua, con una torre de piedra sobre el promontorio y pinos
Sa Tuna, la postal de Begur, con una torre de defensa sobre la cala.

Aiguablava

Hay lugares cuyo nombre no exagera. Aiguablava significa literalmente «agua azul», y basta acercarse para entender por qué: el color turquesa del agua, los pinares descendiendo hasta el mar y la roca clara convierten esta cala en una de las imágenes más conocidas del Mediterráneo.

Nuestro consejo es ir al final de la tarde. Cuando desaparece la mayoría de visitantes, el agua cambia de tono y la cala recupera una calma difícil de imaginar durante las horas centrales del día.

Una cala recogida de Begur al amanecer, con un embarcadero de piedra, pinos y agua en calma bajo una luz suave
Una cala de Begur en calma, a primera hora.

Rincones que casi nunca aparecen en las guías

Apenas diez minutos separan Sa Tuna de una de las calas más desconocidas del municipio. Cala S'Eixugador solo se alcanza caminando por el Camí de Ronda: no tiene servicios ni grandes accesos, y precisamente por eso suele permanecer tranquila incluso en verano. Si llevas gafas de esnórquel, este es uno de los mejores lugares para entrar al agua.

Frente a Aiguafreda se extiende una de las reservas marinas más importantes de Cataluña, la de Ses Negres. Bajo el agua aparecen praderas de posidonia, bancos de peces y fondos rocosos que la convierten en una de las mejores zonas para practicar esnórquel sin necesidad de embarcación.

Junto a la iglesia hay un largo banco de piedra desgastado por siglos de conversaciones: es el Pedrís Llarg, uno de los lugares donde tradicionalmente se reunían los vecinos al caer la tarde. No tiene grandes vistas ni monumentos alrededor, pero probablemente explica mejor la vida cotidiana de Begur que cualquier museo.

La mayoría de visitantes pasa el día bajando de cala en cala. Nosotros haríamos justo lo contrario: quédate una noche en el pueblo. Cuando desaparecen los coches y las terrazas empiezan a vaciarse, Begur recupera una tranquilidad completamente distinta a la de sus playas, y caminar entre las casas indianas iluminadas es descubrir otro pueblo.

Un estrecho paso de agua entre dos paredes de roca rojiza en una cala de Begur, con pinos en lo alto de los acantilados
Cala S'Eixugador, uno de esos rincones que casi nadie encuentra.

El cuaderno de Begur

Dónde vamos nosotros

En Begur no se pregunta dónde está la playa, sino a cuál se baja hoy. La lista corta va por eso: la cala según el viento y las ganas, dónde comemos nosotros y qué merece la subida al castillo.

Posiciones aproximadas · Begur · Cartografía © colaboradores de OpenStreetMap, teselas de OpenFreeMap

Toca un punto o un sitio de la lista para acercarte

Para comer

  • Una de las mejores mesas de Begur. Cocina mediterránea contemporánea, excelente producto y una carta que cambia con la temporada.

  • Mucho más que un hotel: su restaurante es de esos lugares donde merece la pena alargar la sobremesa entre jardines y piedra antigua.

  • Una propuesta actual y creativa que se ha convertido rápidamente en una de las direcciones imprescindibles del pueblo.

  • Un clásico de Begur donde el producto mediterráneo sigue siendo el protagonista.

Para beber

  • El lugar perfecto para terminar el día con una copa de vino y algo para compartir. Una pequeña vinoteca con mucho criterio.

  • Ideal para desayunar sin prisas, tomar un buen café o empezar el día antes de bajar hacia las calas.

Calas y baño

  • La más famosa y la más fotografiada: casas blancas de pescador frente a una cala minúscula. Aparca arriba y baja andando; en verano se llena pronto.

  • El turquesa que da nombre a la cala, entre pinos y roca clara. La postal de la Costa Brava. Última hora de la tarde, cuando el azul se vuelve más hondo.

  • La mayor y la más de pueblo, con barcas, casetas y todos los servicios. La de ir con niños o de pasar el día entero.

  • Casi sin arena pero con una calma de embarcadero. La de los amaneceres y el baño tranquilo, pegada a Sa Tuna por el Camí de Ronda.

  • Fornells, puerto pequeño de agua transparente; Platja Fonda, un arenal oscuro al pie del acantilado, sin servicios, para quien baje los escalones. Dos extremos a un paso.

  • A diez minutos de Sa Tuna por el Camí de Ronda, sin servicios ni grandes accesos. Una de las menos conocidas del municipio, ideal para el esnórquel.

Qué hacer

  • Paseo corto desde el centro hasta las ruinas en lo alto. Desde arriba, toda la costa, el Empordà, las Medes y, en días claros, los Pirineos. Sube al atardecer.

  • La ruta de las torres de defensa

    Siete torres de los siglos XVI y XVII repartidas por el casco antiguo, levantadas contra los piratas. Un paseo por el pueblo leyendo su historia en piedra.

    Sin punto fijo
  • La Fira d'Indians

    El primer fin de semana de septiembre, el pueblo celebra su memoria cubana con ron, habaneras y mercado. Si coincides, es el mejor momento para ver el Begur de verdad.

    Sin punto fijo
  • Frente a Aiguafreda. Praderas de posidonia y fondos rocosos: una de las mejores zonas de esnórquel de la costa sin necesidad de embarcación.

Lo práctico

Preguntas frecuentes

¿Qué hace especial a Begur?

Su combinación de casco histórico medieval, arquitectura indiana y siete calas completamente diferentes repartidas a lo largo de un mismo litoral.

¿Cuál es la cala más bonita de Begur?

Depende de lo que busques. Aiguablava destaca por el color del agua; Sa Tuna, por su antiguo barrio de pescadores; Platja Fonda, por su paisaje salvaje; y S'Eixugador, por ser una de las menos conocidas.

¿Qué no debería perderme en Begur?

Subir al castillo al atardecer, recorrer el Camí de Ronda entre Sa Tuna y Aiguafreda, descubrir las casas indianas del casco antiguo y terminar el día en alguna de las terrazas del pueblo.

¿Cuándo merece más la pena visitar Begur?

Junio y septiembre ofrecen probablemente el mejor equilibrio entre buen tiempo, calas tranquilas y ambiente en el pueblo. Si puedes evitar las horas centrales de agosto, descubrirás un Begur mucho más auténtico.

Otros pueblos para descubrir

El paseo marítimo de Cadaqués junto al agua, con las casas blancas y los tejados de teja del casco antiguo y la costa del Cap de Creus al fondo

Alt Empordà

Cadaqués

Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

El pueblo blanco de Calella de Palafrugell y su cala bajo un cielo encapotado al atardecer, con el mar turquesa y las rocas en primer término

Baix Empordà

Calella de Palafrugell

Calella de Palafrugell es probablemente la imagen más reconocible de la Costa Brava. Las casas blancas, les Voltes de Port Bo, las barcas varadas sobre la arena y el Mediterráneo formando parte de la vida del pueblo aparecen en miles de fotografías cada verano. Y, sin embargo, esa postal solo cuenta una parte de la historia: la verdadera Calella aparece cuando uno se aleja unos metros del paseo principal, recorre el Camí de Ronda sin prisa o vuelve al caer la tarde, cuando las terrazas empiezan a vaciarse y el pueblo recupera el ritmo tranquilo que siempre tuvo. Porque antes de convertirse en uno de los grandes iconos del Mediterráneo, Calella fue —y sigue siendo— un pueblo de pescadores.

Canales navegables de Empuriabrava, Costa Brava

Alt Empordà

Empuriabrava

Empuriabrava no se parece a ningún otro lugar de la Costa Brava, y tampoco intenta hacerlo. Mientras el resto de pueblos crecieron poco a poco alrededor de un puerto pesquero, aquí todo empezó sobre un plano: a finales de los años sesenta se transformaron las antiguas marismas de la desembocadura del Muga en una ciudad construida alrededor del agua, con más de 24 kilómetros de canales navegables, miles de amarres privados y la marina residencial más grande de Europa. Podría parecer un lugar artificial, pero basta pasar un día aquí para entender su encanto: donde otros aparcan el coche, aquí amarran el barco. Mientras una parte del pueblo vive mirando los canales, a pocos metros empiezan els Aiguamolls de l'Empordà, un paisaje de humedales donde vuelan flamencos, garzas y cigüeñas. Pocas veces la ingeniería y la naturaleza conviven de una manera tan inesperada.