S’Agaró no es un pueblo de pescadores que creció con el tiempo, como casi todos sus vecinos de la costa. Es un lugar que alguien dibujó entero: en 1916, el industrial Josep Ensesa encargó al arquitecto noucentista Rafael Masó un pueblo-jardín sobre el acantilado, con villas de líneas mediterráneas, jardines cuidados hasta el último seto y un camino de ronda pensado como paseo, no como necesidad. Un siglo después sigue siendo eso: el tramo de costa más ordenado y más fotografiado del Baix Empordà, y el único donde el paisaje entero responde a una sola idea.
Un pueblo diseñado, no heredado
Todo lo que hace singular a S’Agaró viene de esa misma decisión de 1916. Rafael Masó, la figura central del noucentisme gerundense, proyectó no solo las villas sino el propio camino de ronda: la galería de arcos de piedra que hoy recorren miles de visitantes fue pensada como una pieza de arquitectura de paisaje, no como un sendero de vigilancia costera heredado de otro siglo. Es la razón por la que S’Agaró se siente distinto en cuanto se entra: aquí no hay casas superpuestas por generaciones, sino un plan cumplido.

El camí de ronda: de Sant Pol a Sa Conca
El tramo entre la Platja de Sant Pol y la Platja de Sa Conca es el más recorrido de S’Agaró: apenas dos kilómetros, bien acondicionados, sin desnivel que exija esfuerzo, con miradores donde el camino se detiene a propósito para que el paseante lo haga también. A medio camino, el Mirador del Cap de Mort ofrece la vista más amplia de toda la ruta, y un poco más allá, escondida entre rocas y pinos, aparece la Cala Pedrosa.
Es un paseo que se puede hacer con niños o con las manos en los bolsillos, y que en quince minutos cambia por completo el paisaje: de la playa organizada de Sant Pol a la roca desnuda que se asoma al mar abierto.

Cala Pedrosa y las otras calas
La Cala Pedrosa es la más conocida y la más pequeña: agua transparente, buena para el esnórquel, y un menhir de granito —de origen prehistórico, aunque su datación exacta se discute— que recuerda que esta costa estaba habitada mucho antes de que nadie pensara en construir un pueblo-jardín. Quien prefiera perderse un poco más tiene Cala Maset, Cala del Niu, Cala Jonca o Sa Caleta, todas pequeñas y sin apenas servicios.
Para quien busca playa larga, sin embargo, la respuesta es la Platja de Sa Conca: arena ancha, entrada al agua fácil y sitio de sobra incluso en agosto, justo al otro extremo del camí de ronda.
Las casetas de playa
Un símbolo tan reconocible de S’Agaró como el propio camí de ronda: 45 cabañas de madera pintadas de colores, alineadas frente al mar, que en verano se convierten en el centro de la vida social de la playa. No están en venta ni se alquilan sueltas —pertenecen a las familias del pueblo desde hace generaciones—, pero fotografiarlas al atardecer es casi un rito de paso para quien visita S’Agaró por primera vez.

El Hostal La Gavina
El Hostal La Gavina abrió en 1932, promovido por la misma familia Ensesa que había levantado el pueblo, y desde entonces ha sido el ancla de lujo de S’Agaró: habitaciones que mezclan la elegancia clásica con un aire de casa de familia, jardines que bajan hasta la piscina y un libro de huéspedes que a lo largo del siglo XX sumó más de una estrella de Hollywood de paso por los rodajes de la Costa Brava. Su restaurante, Candlelight, capitaneado por el chef Romain Fornell, ofrece una propuesta gastronómica a la altura del entorno.




