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Una cala de Sant Antoni de Calonge de arena dorada y agua turquesa, entre pinos y roca, con una villa blanca sobre el acantilado

Baix Empordà

Sant Antoni de Calonge

Foto: Joandrés / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Sant Antoni de Calonge es, en realidad, media historia: el municipio se llama Calonge i Sant Antoni, y son dos lugares con carácter propio a solo cuatro kilómetros de distancia. Sant Antoni es la fachada marítima, paseo y playa; Calonge, tierra adentro, guarda el castillo y el casco medieval que le dan al conjunto la otra mitad de su identidad. Quien se queda solo en la arena se pierde media historia del pueblo.

Calonge y Sant Antoni: dos núcleos, un municipio

En la parte alta de Calonge, el castillo medieval —con sus torres y murallas bien conservadas— domina el pueblo desde el siglo XI, junto a la iglesia románica de Sant Martí. Las calles empedradas del Barrio Antiguo, con sus plazas pequeñas y sus casas de piedra, son el reverso exacto del paseo marítimo de Sant Antoni, a un paseo en coche de distancia.

En la costa, a lo largo del paseo, las Torres de Vigía recuerdan que este litoral tuvo que defenderse de los piratas durante siglos: la más conocida da nombre a la propia playa de Torre Valentina.

La Torre Valentina, torre de vigía de piedra del siglo XVI, junto al paseo marítimo de Sant Antoni de Calonge
La Torre Valentina, una de las torres de vigía que defendían esta costa.Foto: flamenc / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Las playas: de Sant Antoni a Torre Valentina

La Playa de Sant Antoni es la principal del pueblo, de arena dorada y con todos los servicios para pasar el día en familia. Al sur, la Playa de Torre Valentina —separada de la anterior por la riera de Calonge— tiene un ambiente más tranquilo y unos 500 metros de arena fina bajo la torre del siglo XVI que le da nombre.

Más allá quedan las calas pequeñas: Cala Roques Planes, de formaciones rocosas y buen fondo para el esnórquel; Cala Cap Roig, entre acantilados y vegetación; y la Playa de Can Cristus, de aguas poco profundas y fácil acceso, buena opción con niños.

Una playa de arena dorada en Sant Antoni de Calonge, con el mar turquesa rompiendo y pinos enmarcando la orilla
Las playas de Sant Antoni, de arena dorada abierta al mar.Foto: Joandrés / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

El camí de ronda hacia Platja d’Aro

Uno de los tramos más agradecidos de senderismo de la zona conecta Sant Antoni de Calonge con Platja d’Aro: unos 7,5 km de camí de ronda señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-2, de dificultad fácil, que se recorren en unas dos horas. El sendero encadena Cala del Pi, Cap Roig y Cala Rovira antes de llegar a Platja d’Aro, con el mar acompañando casi todo el trayecto.

Una cala rocosa de agua turquesa en Sant Antoni de Calonge, con oleaje, acantilados de pino y una casa sobre la roca
Una de las calas que encadena el camí de ronda hacia Platja d’Aro.Foto: Joandrés / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Fiestas y vida cultural

La Fiesta Mayor de Sant Antoni, en enero, honra a Sant Antoni Abat con desfiles, bailes y la tradicional bendición de animales, muy querida por los vecinos. En verano, el Festival Internacional de Música de Calonge lleva conciertos al recinto del castillo, y en agosto la Feria Medieval transforma el casco antiguo en un mercado de artesanía, comida y cetrería. Todo el año, la galería Ca l’Anita, en el centro de Calonge, muestra el trabajo de artistas locales y de fuera.

La fachada blanca y el campanario de la iglesia de Sant Antoni de Calonge, en la plaza del pueblo
La iglesia de Sant Antoni, cuyo patrón da nombre a la Fiesta Mayor de enero.Foto: flamenc / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

El cuaderno de Sant Antoni de Calonge

Dónde vamos nosotros

Sant Antoni de Calonge se disfruta mejor repartido entre la playa y el pueblo de interior. Esta es la lista corta: dónde comer, a qué cala ir y qué no perderse en Calonge.

Posiciones aproximadas · Sant Antoni de Calonge · Cartografía © colaboradores de OpenStreetMap, teselas de OpenFreeMap

Toca un punto o un sitio de la lista para acercarte

Para comer

  • Cocina marinera junto al puerto. La paella de marisco y la zarzuela, con terraza sobre el mar.

  • Catalana con toque moderno, producto de temporada. El menú degustación merece la ocasión especial.

  • Cocina casera familiar: suquet de peix y arròs negre, sin artificios.

  • Tapas y ambiente informal, con buena selección de vinos locales.

Calas y baño

  • Más tranquila que la playa principal, bajo la torre de vigilancia del siglo XVI.

  • Formaciones rocosas y buen fondo para el esnórquel. Acceso algo más exigente.

Qué hacer

  • Fortaleza medieval en la parte alta del pueblo, con conciertos en verano.

  • El camí de ronda GR-2 hacia Platja d’Aro

    7,5 km fáciles, unas dos horas, encadenando tres calas por el camino.

    Sin punto fijo

Lo práctico

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre Calonge y Sant Antoni de Calonge?

Son los dos núcleos de un mismo municipio, Calonge i Sant Antoni, separados por unos 4 km. Sant Antoni es el núcleo costero, con el paseo marítimo y las playas; Calonge es el pueblo de interior, con su casco antiguo medieval, el castillo y la iglesia de Sant Martí. Si vienes por el mar te quedas en Sant Antoni, pero el castillo merece la subida.

¿Qué es la Torre Valentina?

Es la torre de vigilancia del siglo XVI que da nombre a la playa, levantada para avistar a tiempo los ataques de piratas que asolaban esta costa. La playa de Torre Valentina tiene unos 500 metros de arena fina y la separa de la playa de Sant Antoni la riera de Calonge.

¿Se puede ir caminando de Sant Antoni de Calonge a Platja d’Aro?

Sí, y es uno de los tramos más agradecidos de la zona: unos 7,5 km de camí de ronda señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-2, de dificultad fácil, que se recorren en unas dos horas. El sendero encadena calas como Cala del Pi, Cap Roig y Cala Rovira antes de llegar a Platja d’Aro.

Otros pueblos para descubrir

Una cala de Begur de agua turquesa, entre acantilados de roca rojiza y pinos, con una barca fondeada

Baix Empordà

Begur

Begur está un poco tierra adentro, y ese detalle explica casi todo. No es un pueblo construido junto al agua, sino sobre una colina desde la que se domina el Mediterráneo: mientras otros pueblos de la Costa Brava nacieron alrededor de un puerto, Begur lo hizo alrededor de un castillo, y las calas llegaron después. Por eso aquí nadie pregunta cuál es la playa del pueblo, sino a cuál se baja hoy: Sa Tuna, Sa Riera, Aiguablava, Platja Fonda, Fornells, Aiguafreda o Illa Roja forman un rosario de pequeñas bahías unidas por el Camí de Ronda, cada una con su propio carácter. Y detrás de todas ellas queda un casco histórico de casas indianas, plazas tranquilas y calles empedradas que recuerdan que, antes de convertirse en uno de los destinos más deseados de la Costa Brava, Begur fue un pueblo que miraba más hacia Cuba que hacia Barcelona.

El paseo marítimo de Cadaqués junto al agua, con las casas blancas y los tejados de teja del casco antiguo y la costa del Cap de Creus al fondo

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Cadaqués

Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

El pueblo blanco de Calella de Palafrugell y su cala bajo un cielo encapotado al atardecer, con el mar turquesa y las rocas en primer término

Baix Empordà

Calella de Palafrugell

Calella de Palafrugell es probablemente la imagen más reconocible de la Costa Brava. Las casas blancas, les Voltes de Port Bo, las barcas varadas sobre la arena y el Mediterráneo formando parte de la vida del pueblo aparecen en miles de fotografías cada verano. Y, sin embargo, esa postal solo cuenta una parte de la historia: la verdadera Calella aparece cuando uno se aleja unos metros del paseo principal, recorre el Camí de Ronda sin prisa o vuelve al caer la tarde, cuando las terrazas empiezan a vaciarse y el pueblo recupera el ritmo tranquilo que siempre tuvo. Porque antes de convertirse en uno de los grandes iconos del Mediterráneo, Calella fue —y sigue siendo— un pueblo de pescadores.