Sant Feliu de Guíxols fue, durante siglos, la puerta de la comarca: el puerto por el que entraba y salía todo, coronado por un monasterio benedictino que llevaba ya cien años en pie cuando empezó el milenio pasado. Ese pasado no se ha ido a ningún sitio —sigue en los arcos de herradura de la Porta Ferrada, en las cúpulas de azulejo del passeig, en el nombre mismo del festival de música que cada verano llena la plaza del monasterio—, pero Sant Feliu no vive del recuerdo. Es una ciudad de verdad, con mercado y vecinos todo el año, que además tiene la suerte de que el camí de ronda más celebrado de la Costa Brava empiece, literalmente, en su playa.
El monasterio, la Porta Ferrada y las ermitas del término
La Porta Ferrada es lo primero que hay que entender de Sant Feliu: una fachada de arcos de herradura sobre columnas, del siglo X, con un cuerpo superior de arcos lombardos añadido después. Es el resto más antiguo del monasterio benedictino que dio origen a la ciudad, y hoy sigue siendo su símbolo, presente en el escudo y en la memoria de cualquiera que haya pasado por aquí. Parte del conjunto monástico alberga hoy el Museu d’Història de la ciudad; la basílica, con fachada neoclásica del siglo XVIII, sigue siendo parroquia. Cada verano, el patio del monasterio acoge el Festival Internacional de la Porta Ferrada, uno de los festivales de música más antiguos de Cataluña, con música clásica, jazz, teatro y danza.
Fuera del casco urbano, repartidas por las colinas del término, sobreviven varias ermitas de piedra que fueron parroquia de payeses antes de que la ciudad creciera hacia el mar. No son un monumento con horario de visita, sino el tipo de hallazgo que se hace caminando: una espadaña, una campana, una puerta cerrada la mayor parte del año, y alrededor solo pinos.

El passeig, el Casino y los dulces del guixolenc
El Casino La Constància, con su torre de azulejo y su cúpula, es el edificio más fotografiado del passeig, y con motivo: tras una fachada que parece sacada de otra latitud sigue funcionando como sociedad recreativa, con una atmósfera de café de otra época que se puede pedir prestada por el precio de un café de esta. Alrededor, el centro histórico guarda cafeterías con carácter propio —ANNNA, donde el diseño se cruza con el producto local— y pastelerías que llevan generaciones haciendo el «guixolenc», el dulce que da nombre a los vecinos de la ciudad: La Vienesa y la Pastisseria Gironès son las dos direcciones que hay que apuntar.
Desde el Carrer Major hasta el Passeig del Mar, el pueblo despliega un recorrido de fachadas que van del gótico de la iglesia de Sant Feliu al modernismo de las Cases Patxot, testimonio de cuando el comercio marítimo llenó la ciudad de dinero indiano y ganas de presumirlo.

Playas y calas, camino de S’Agaró
La Playa de Sant Feliu, la del centro, es amplia y de fácil acceso, con toda la vida de la ciudad a un paso. Para algo más recogido está la Cala Jonca, pequeña y menos transitada, y a partir de ahí empieza lo mejor: el camí de ronda hacia S’Agaró, unos 2,5 km de sendero de acantilado que se recorren con calma en poco más de una hora, subiendo y bajando escaleras talladas en la roca. Por el camino aparecen Cala Maset y Sa Caleta, perfectas para un baño a media ruta, antes de llegar a la amplia Platja de Sant Pol, ya en S’Agaró.
Es una caminata que no exige nada del cuerpo salvo un poco de paciencia con las escaleras, y que a cambio regala el tramo de costa más fotografiado de todo el Baix Empordà.

Dónde alojarse: del Alàbriga a la playa de la ciudad
El Alàbriga Hotel & Home Suites corona la oferta de lujo de Sant Feliu: cinco estrellas, spa, restaurante gourmet con vistas al mar y una piscina infinita que mira hacia S’Agaró. Es la opción para quien busca una estancia sin nada que resolver.
En primera línea de playa, un puñado de hoteles de cuatro estrellas —el Elke Spa Hotel, el Hotel Boutique OMA, el Ilunion Caleta Park, el Van der Valk Hotel Barcarola— cubren el resto del arco, cada uno con su propio carácter: spa, diseño, accesibilidad o sencillamente la playa en la puerta. Conviene reservar con antelación en verano; la ciudad es pequeña y la oferta, aunque buena, no es infinita.




