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El puerto deportivo de Sant Feliu de Guíxols, con el cabo y las casas al fondo

Baix Empordà

Sant Feliu de Guíxols

Sant Feliu de Guíxols fue, durante siglos, la puerta de la comarca: el puerto por el que entraba y salía todo, coronado por un monasterio benedictino que llevaba ya cien años en pie cuando empezó el milenio pasado. Ese pasado no se ha ido a ningún sitio —sigue en los arcos de herradura de la Porta Ferrada, en las cúpulas de azulejo del passeig, en el nombre mismo del festival de música que cada verano llena la plaza del monasterio—, pero Sant Feliu no vive del recuerdo. Es una ciudad de verdad, con mercado y vecinos todo el año, que además tiene la suerte de que el camí de ronda más celebrado de la Costa Brava empiece, literalmente, en su playa.

El monasterio, la Porta Ferrada y las ermitas del término

La Porta Ferrada es lo primero que hay que entender de Sant Feliu: una fachada de arcos de herradura sobre columnas, del siglo X, con un cuerpo superior de arcos lombardos añadido después. Es el resto más antiguo del monasterio benedictino que dio origen a la ciudad, y hoy sigue siendo su símbolo, presente en el escudo y en la memoria de cualquiera que haya pasado por aquí. Parte del conjunto monástico alberga hoy el Museu d’Història de la ciudad; la basílica, con fachada neoclásica del siglo XVIII, sigue siendo parroquia. Cada verano, el patio del monasterio acoge el Festival Internacional de la Porta Ferrada, uno de los festivales de música más antiguos de Cataluña, con música clásica, jazz, teatro y danza.

Fuera del casco urbano, repartidas por las colinas del término, sobreviven varias ermitas de piedra que fueron parroquia de payeses antes de que la ciudad creciera hacia el mar. No son un monumento con horario de visita, sino el tipo de hallazgo que se hace caminando: una espadaña, una campana, una puerta cerrada la mayor parte del año, y alrededor solo pinos.

La Ermita de Sant Elm, capilla de fachada sencilla con espadaña, sobre el mar en Sant Feliu de Guíxols a la luz del atardecer
La Ermita de Sant Elm, sobre el mar, en el mirador más conocido del término.Foto: Enfo / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

El passeig, el Casino y los dulces del guixolenc

El Casino La Constància, con su torre de azulejo y su cúpula, es el edificio más fotografiado del passeig, y con motivo: tras una fachada que parece sacada de otra latitud sigue funcionando como sociedad recreativa, con una atmósfera de café de otra época que se puede pedir prestada por el precio de un café de esta. Alrededor, el centro histórico guarda cafeterías con carácter propio —ANNNA, donde el diseño se cruza con el producto local— y pastelerías que llevan generaciones haciendo el «guixolenc», el dulce que da nombre a los vecinos de la ciudad: La Vienesa y la Pastisseria Gironès son las dos direcciones que hay que apuntar.

Desde el Carrer Major hasta el Passeig del Mar, el pueblo despliega un recorrido de fachadas que van del gótico de la iglesia de Sant Feliu al modernismo de las Cases Patxot, testimonio de cuando el comercio marítimo llenó la ciudad de dinero indiano y ganas de presumirlo.

La fachada amarilla y la torre de azulejo del Casino La Constància, en Sant Feliu de Guíxols, a la luz del atardecer
El Casino La Constància, todo azulejo y cúpula, en pleno centro histórico.

Playas y calas, camino de S’Agaró

La Playa de Sant Feliu, la del centro, es amplia y de fácil acceso, con toda la vida de la ciudad a un paso. Para algo más recogido está la Cala Jonca, pequeña y menos transitada, y a partir de ahí empieza lo mejor: el camí de ronda hacia S’Agaró, unos 2,5 km de sendero de acantilado que se recorren con calma en poco más de una hora, subiendo y bajando escaleras talladas en la roca. Por el camino aparecen Cala Maset y Sa Caleta, perfectas para un baño a media ruta, antes de llegar a la amplia Platja de Sant Pol, ya en S’Agaró.

Es una caminata que no exige nada del cuerpo salvo un poco de paciencia con las escaleras, y que a cambio regala el tramo de costa más fotografiado de todo el Baix Empordà.

Una cala rocosa de agua turquesa cerca de Sant Feliu de Guíxols, con roca rojiza y una barca fondeada
Una de las pequeñas calas rocosas que salpican la costa, camino de S’Agaró.

Dónde alojarse: del Alàbriga a la playa de la ciudad

El Alàbriga Hotel & Home Suites corona la oferta de lujo de Sant Feliu: cinco estrellas, spa, restaurante gourmet con vistas al mar y una piscina infinita que mira hacia S’Agaró. Es la opción para quien busca una estancia sin nada que resolver.

En primera línea de playa, un puñado de hoteles de cuatro estrellas —el Elke Spa Hotel, el Hotel Boutique OMA, el Ilunion Caleta Park, el Van der Valk Hotel Barcarola— cubren el resto del arco, cada uno con su propio carácter: spa, diseño, accesibilidad o sencillamente la playa en la puerta. Conviene reservar con antelación en verano; la ciudad es pequeña y la oferta, aunque buena, no es infinita.

La amplia playa de Sant Feliu de Guíxols y su bahía, con el puerto deportivo y el cabo al fondo
La playa de la ciudad y la bahía de Sant Feliu, con el puerto al fondo.Foto: Gordito1869 / Wikimedia Commons (CC BY 3.0)

El cuaderno de Sant Feliu de Guíxols

Dónde vamos nosotros

Sant Feliu se recorre en un día pero se disfruta mejor en dos: uno para el pueblo y su historia, otro para el camino a S’Agaró. Esta es la lista corta: dónde comer con vistas, dónde tomar el café bueno, y a qué cala ir cuando la playa de la ciudad se llena.

Posiciones aproximadas · Sant Feliu de Guíxols · Cartografía © colaboradores de OpenStreetMap, teselas de OpenFreeMap

Toca un punto o un sitio de la lista para acercarte

Para comer

  • Cocina de mar con vistas al puerto. El clásico de quien quiere pescado fresco sin sorpresas.

  • El destino de los carnívoros: selección de carnes que se ha ganado su propia reputación.

Para beber

  • Vinos bien elegidos y ambiente acogedor, para una copa que se alarga.

  • El café o la copa en el edificio más fotogénico del passeig. Se va tanto por el sitio como por la bebida.

Calas y baño

  • Pequeña y escondida, a un paso del centro. Para cuando la playa grande se llena.

  • A media ruta del camí de ronda hacia S’Agaró. Parada obligada para un baño.

Qué hacer

  • El camí de ronda a S’Agaró

    2,5 km de sendero de acantilado hasta la playa de Sant Pol. El mejor plan de la mañana.

    Sin punto fijo
  • En el antiguo monasterio, junto a la Porta Ferrada. Media hora que sitúa toda la ciudad.

  • En verano, música en el patio del monasterio. Uno de los festivales más antiguos de Cataluña: conviene mirar el cartel con tiempo.

Para llevarse

  • El «guixolenc», el dulce de la ciudad, en su casa de siempre.

Lo práctico

Preguntas frecuentes

¿Qué es la Porta Ferrada?

Es la fachada más antigua y reconocible del monasterio benedictino de Sant Feliu, y el símbolo de la ciudad. Su cuerpo de arcos de herradura sobre columnas se remonta al siglo X, con un nivel superior de arcos lombardos añadido después. Hoy parte del conjunto monástico alberga el Museu d’Història de la ciudad, mientras que la basílica sigue siendo parroquia.

¿Cómo se llega a Sant Feliu de Guíxols?

Sant Feliu no tiene estación de tren, así que se llega en coche o en autobús. Hay servicio directo desde la estación de autobuses de Girona, con un trayecto de aproximadamente una hora, y conexiones con el aeropuerto de Girona, que en temporada refuerza las frecuencias. Conviene consultar horarios antes de viajar, porque cambian según la época del año.

¿Cuáles son las mejores playas de Sant Feliu de Guíxols?

La Playa de Sant Feliu, en el centro, es la más grande y accesible. Para algo más recogido está la Cala Jonca, y siguiendo el camí de ronda hacia S’Agaró aparecen Cala Maset y Sa Caleta, dos calas pequeñas sin apenas servicios que son de las más bonitas de todo el tramo.

¿Cuánto se tarda de Sant Feliu de Guíxols a S’Agaró por el camí de ronda?

Son unos 2,5 km de sendero entre las dos localidades, un continuo subir y bajar de escaleras que se recorre con calma en algo más de una hora. Por el camino se pasa por Cala Maset y Sa Caleta —perfectas para un baño a media ruta— antes de llegar a la playa de Sant Pol, ya en S’Agaró.

Otros pueblos para descubrir

Una cala de Begur de agua turquesa, entre acantilados de roca rojiza y pinos, con una barca fondeada

Baix Empordà

Begur

Begur está un poco tierra adentro, y ese detalle explica casi todo. No es un pueblo construido junto al agua, sino sobre una colina desde la que se domina el Mediterráneo: mientras otros pueblos de la Costa Brava nacieron alrededor de un puerto, Begur lo hizo alrededor de un castillo, y las calas llegaron después. Por eso aquí nadie pregunta cuál es la playa del pueblo, sino a cuál se baja hoy: Sa Tuna, Sa Riera, Aiguablava, Platja Fonda, Fornells, Aiguafreda o Illa Roja forman un rosario de pequeñas bahías unidas por el Camí de Ronda, cada una con su propio carácter. Y detrás de todas ellas queda un casco histórico de casas indianas, plazas tranquilas y calles empedradas que recuerdan que, antes de convertirse en uno de los destinos más deseados de la Costa Brava, Begur fue un pueblo que miraba más hacia Cuba que hacia Barcelona.

El paseo marítimo de Cadaqués junto al agua, con las casas blancas y los tejados de teja del casco antiguo y la costa del Cap de Creus al fondo

Alt Empordà

Cadaqués

Cadaqués es el pueblo más fotografiado de la Costa Brava y, probablemente, el más difícil de conocer de verdad. Las casas blancas, las contraventanas verdes, las barcas varadas frente al mar y la luz que fascinó a Dalí aparecen en todas las postales, pero ninguna consigue explicar por qué tanta gente termina volviendo. Quizá tenga que ver con la carretera de curvas que durante siglos lo mantuvo aislado del resto del Empordà, o con esa luz que cambia a cada hora y convierte el pueblo en algo distinto por la mañana, al mediodía o cuando cae la tarde. Aquí no se viene buscando grandes playas de arena ni un paseo marítimo lleno de tiendas: se viene a caminar despacio, a perderse por calles de pizarra, a mirar el mar desde las rocas y a entender por qué este rincón acabó reuniendo a algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

El pueblo blanco de Calella de Palafrugell y su cala bajo un cielo encapotado al atardecer, con el mar turquesa y las rocas en primer término

Baix Empordà

Calella de Palafrugell

Calella de Palafrugell es probablemente la imagen más reconocible de la Costa Brava. Las casas blancas, les Voltes de Port Bo, las barcas varadas sobre la arena y el Mediterráneo formando parte de la vida del pueblo aparecen en miles de fotografías cada verano. Y, sin embargo, esa postal solo cuenta una parte de la historia: la verdadera Calella aparece cuando uno se aleja unos metros del paseo principal, recorre el Camí de Ronda sin prisa o vuelve al caer la tarde, cuando las terrazas empiezan a vaciarse y el pueblo recupera el ritmo tranquilo que siempre tuvo. Porque antes de convertirse en uno de los grandes iconos del Mediterráneo, Calella fue —y sigue siendo— un pueblo de pescadores.