Tamariu lleva el nombre del tamariu, el tamarisco que crecía en esta cala mucho antes de que existiera el pueblo. Hoy sigue siendo el más pequeño y tranquilo de los tres núcleos costeros de Palafrugell —Calella, Llafranc y Tamariu—, y precisamente ahí reside su encanto. Aquí no hay un gran paseo marítimo ni un puerto lleno de embarcaciones: las casas llegan hasta la arena, las barcas descansan sobre la playa y el mar forma parte de la vida cotidiana. La playa no es un lugar al que se va: es el salón del pueblo. Aunque en verano se llena de vida, Tamariu conserva algo que escasea en la Costa Brava: silencio. Basta caminar unos minutos por el Camí de Ronda para que desaparezcan las terrazas y solo queden acantilados, pinares y algunas de las aguas más transparentes del Mediterráneo.
La Platja Gran
La playa principal es el corazón del pueblo. Pequeña, de arena gruesa y aguas cristalinas, sorprende por una característica que apenas existe en otros pueblos de la Costa Brava: las fachadas de las casas desembocan directamente sobre la arena. No hay una carretera separando el pueblo del mar, de modo que toda la vida gira alrededor de la playa.
Incluso en agosto conserva un ambiente familiar que recuerda al Tamariu de hace décadas.

El Camí de Ronda
Si hay un lugar donde Tamariu muestra su verdadera personalidad es aquí. El sendero que parte desde el extremo sur del pueblo recorre uno de los tramos más espectaculares de toda la Costa Brava. Escaleras excavadas en la roca, pinares que llegan hasta el mar y pequeños miradores aparecen continuamente mientras el Mediterráneo acompaña el recorrido.
Desde aquí se puede caminar hacia Cala Pedrosa, el faro de Sant Sebastià y Llafranc, o recorrer la costa norte en dirección a Aigua Xelida.

El faro de Sant Sebastià
Aunque pertenece al término de Llafranc, el faro forma parte de cualquier visita a Tamariu. Situado sobre uno de los acantilados más altos del litoral, ofrece una de las panorámicas más amplias del Baix Empordà. La caminata hasta allí es tan interesante como el propio destino.
Las mejores calas
Es la cala más conocida de Tamariu y con razón. Las aguas de la Cala d'Aigua Xelida son increíblemente transparentes y el fondo marino la convierte en uno de los mejores lugares de la Costa Brava para practicar esnórquel. No dispone de servicios, por lo que conviene llevar agua y todo lo necesario antes de iniciar el camino.
Cala Marquesa es más escondida y tranquila que Aigua Xelida. Rodeada de roca y vegetación, es una de esas calas donde el mar cambia de color a medida que avanza la tarde: perfecta para quienes buscan alejarse de la playa principal.
Muchos visitantes nunca llegan hasta Cala Pedrosa. Se alcanza caminando por el Camí de Ronda entre bosque mediterráneo y acantilados. Su playa de cantos rodados, las antiguas barracas de pescadores y la ausencia casi total de servicios hacen que conserve un carácter completamente salvaje.

Rincones que solo conocen los locales
Mientras la mayoría se queda en la playa principal, los vecinos suelen acercarse hasta Es Portió, conocido popularmente como Els Lliris: una pequeña cala rocosa presidida por una histórica barraca de pescadores que se ha convertido en uno de los símbolos de Tamariu. Un rincón perfecto para sentarse a ver el mar sin apenas gente.
Pocos visitantes saben que muy cerca de Tamariu se encuentra una de las mayores cuevas marinas de Cataluña, la Cova d'en Gispert. Solo puede descubrirse desde el mar, en kayak o en una excursión en barco: la luz que entra por la boca de la cueva y el eco del agua crean uno de los paisajes más sorprendentes de la Costa Brava.
Cuando sopla levante ocurre algo curioso en Sa Roncadora: el mar entra con fuerza por una grieta de la roca y produce un rugido que puede escucharse desde el Camí de Ronda. Es un fenómeno natural poco conocido incluso entre muchos visitantes habituales de la Costa Brava.
La mayoría de personas mira Tamariu desde la playa. Los locales saben que las mejores vistas están arriba: desde el Puig Gruí se contempla toda la bahía, el perfil del Cap de Begur y buena parte del litoral del Empordà. Al amanecer o al atardecer es uno de esos lugares donde merece la pena quedarse unos minutos sin hacer nada.
Si madrugas, baja a la playa antes de las ocho. Cuando todavía no han llegado los bañistas y apenas se oye más que el agua rompiendo contra las barcas varadas en la arena, aparece el Tamariu que conocen quienes pasan aquí todo el año. Es probablemente el momento más bonito del día.



